jueves, 30 de junio de 2011

El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967) - Jean-Pierre Melville

"No hay soledad más profunda que la del samurái... salvo la de un tigre en la selva... tal vez..."

       Una habitación en penumbra de un viejo apartamento. En el centro un pájaro repiquetea en su jaula. A la derecha vemos a un hombre que, tumbado en la cama, hace volutas de humo mientras contempla la lluvia. Así comienza El Silencio de un Hombre, y es ya con esta evocadora presentación del personaje, cargada de un inquietante lirismo, como se nos ha revelado gran parte de la naturaleza del mismo, cincelada con maestría desde esta primera toma. Como el Pickpocket de Bresson, el Taxi Driver de Scorsese o el protagonista de La Condena de Béla Tarr, el alienado Jef Costello vive sumido en una soledad extrema. Alain Delon, que volvería a colaborar con el realizador en las dos siguientes y últimas películas de éste, nos regala una interpretación inolvidable, que a través de unos gestos y movimientos excesivamente calculados le otorgan a este personaje una suerte de aire distintivo, mítico (y místico), casi divino.


Del director y co-guionista galo Jean-Pierre Melville, uno de los máximos, y para mí el más original, exponentes del cine polar, se podría decir que sólo es superado en meticulosidad y perfeccionismo, dentro de este género, por los personajes que él mismo crea. Tanto el procedimiento de Costello como el de la policía están cargados de detalles mínimos, que junto a la escasez de diálogos hacen característico al cine de este autor. Y es que Melville no necesita que sus personajes protagonicen intensos diálogos para dar a conocer las inquietudes y sentimientos de éstos (en este sentido, quizás se le podría catalogar como antítesis de su compatriota Eric Rohmer); su cine es más bien contemplativo y fuerza al espectador a la observación, la observación de los rostros, las miradas, las maneras. Será además una clara influencia para el cine “cool” tarantiniano.


Costello es un asesino a sueldo, gélido y minucioso como el que más, a quién contratan para liquidar al dueño de un local nocturno. A partir de aquí comienza la investigación policial. Ésta, su trama, no goza de gran relevancia ni complejidad, pues sentido ninguno tendría compararla con las a veces confusas alambicadas de El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) o Retorno al pasado (Out of the Past, 1947); dos grandes ejemplos de cine negro de al otro lado del charco. Por ello, uno llega a la conclusión de que no es más que una excusa, un cartilaginoso esqueleto, para exponer y dar cabida al personaje principal, quien, en su soledad, los únicos pilares que le sustentan son su ya comentado perfeccionismo, su infalibilidad y su estilo. Pero estos atributos no acabarán siendo suficientes cuando no hay interacción con otros seres humanos; cuando no hay un intercambio recíproco de respeto, apreciación, amor... Situación que provoca una deshumanización del individuo. El personaje al que da vida Nathalie Delon, la única persona con la que parece que se relaciona y a la que ama, le dice: “Me gusta que vengas a mi casa... porque me necesitas.” Es aquí cuando uno se percata del estado en el que vive Jef Costello, el samurái de Melville.

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