jueves, 30 de junio de 2011

Gummo (1997) - Harmony Korine


       "Querido mundo, sólo hay confusión a mi alrededor. Sale desde cada rincón de mi cerebro. Yo trato y trato de hacer algo en este mundo de mierda, pero creo que fue un error el hecho de que naciera. No me siento culpable de llevar mi propia vida… lo he intentado a vuestra manera. He tenido un trabajo desde los 13 años. Ganarme la vida nunca ha sido un verdadero problema para mí. El problema es que todo lo que veo es oscuro y miserable."

       Como ésta, otras frases de desesperación brotan rabiosas de los adolescentes labios de Gummo. Podría, quizás por ellas o por esa descripción de una sociedad cuya decadencia nos arroja tales aromas tremendistas, reducirse la intención de esta obra a algún tipo de protesta social de corte realista. Pero el tornado lanzó a Harmony Korine más allá de tales propósitos. Y es que la película no busca retratar con precisión la realidad. Ni siquiera expresar las inquietudes de una generación. Como él mismo ha dicho lo que transmite su ópera prima, y su filmografía al completo, no es sino su modo de sentir la vida; particular, íntimo y subjetivo. Estamos ante aquella porción de realidad, seleccionada y perfilada, de la que hablaba Nietzsche cuando se refería al conocimiento proporcionado por el Arte. Pero aún así, también es cierto que el artista habla de aquello que conoce, y esta juventud, que apenas logra agarrarse a pequeños salientes mientras cae al vacío y que es mostrada no sin cariño, puede no estar tan alejada de la realidad como se cree.


       Se trata pues de poesía, y la lírica que la compone nos recuerda algo a su recíprocamente admirado Werner Herzog (que más tarde aparecería en alguna de sus películas). No en vano discapacitados psíquicos y físicos actúan, con naturalidad apabullante, en el largometraje. Como aquella deficiente, milagroso rescoldo de inocencia, que le cuenta a la cámara en apasionado monólogo cómo cuida a sus muñecas. Incómoda puede resultar a veces esta belleza que el director otorga a sus filmes, y lo compararíamos ahora con el estilo musical que puede oírse en alguna que otra escena: el black metal, una controvertida corriente nacida en Noruega cuyas voces son dolorosos alaridos. Ambas son formas artísticas que buscan lo bello en oscuros y sucios rincones, allí donde sólo fealdad a primeras creímos ver. Por esto, no es de extrañar que tanto la una como el otro tengan una aceptación tan dispar y reducida, aunque a la vez intensa.



       En cuanto a la forma, sin tener aquí la perfecta sencillez no abigarrada de artistas del cinematógrafo como Bresson, siempre resultará gratificante la plena fidelidad a la propia visión del director que es demostrada, así como su informe y caótica narración. Ésta, sin ningún principio y fin que cerque los hechos limitándolos, parece estar dándole el permiso a este singular microcosmos para que se expanda más allá de lo presentado, para que goce de cierta perpetuidad.

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