miércoles, 13 de julio de 2011

El comienzo del verano (Bakushû, 1951) - Yasujiro Ozu

       Una estructura única en su especie, de baremadas proporciones arquitectónicas, sumamente discreta y cargada de humanidad se podría decir que es la que forma la argamasa de principios estéticos con los que Yasujiro Ozu edificaba sus películas. No por casualidad lo incluiría Paul Schrader, junto a Bresson y Dreyer, en su libro El estilo trascendental en el cine; pues tan característico y riguroso en sus métodos es el cine del maestro japonés como el de aquellos dos con que se le compara. Algunas de estas constantes en su obra serían, además de la temática, el reparto de actores al recurría una y otra vez, la escasa movilidad de la cámara, y la posición de ésta a poca altura sobre el suelo; elección que en amable gesto de cordialidad invita al espectador a sentarse en el tatami como si de otro miembro de la familia se tratara. Así, de esta forma, es como sus personajes, siempre tan llenos de emociones, se nos vuelven insospechablemente cercanos. Una opción similar a la que utilizaría más adelante Peter Bogdanovich en La última película (The Last Picture Show, 1971), donde todos los planos a excepción de uno están filmados a la altura de los ojos.


       El comienzo del verano es un drama cuyo núcleo reside, una vez más, dentro del seno familiar. Una sensacional Setsuko Hara interpreta a la joven solterona a quien su familia ansía casar. Pero los tiempos van cambiando, y una incipientemente ganada libertad para la mujer le da la oportunidad de tomar una decisión que sus padres y su hermano verán al principio como algo irreflexiva. El filme tiene algunos esbozos cómicos y entrañables hasta llegar al clímax, el cual, si bien es visto con optimismo y resignación (“No deberíamos querer demasiado”), viene de la mano de un cambio en la iluminación, que tornará ahora hacia un tono más oscuro y contrastado acentuando el estado anímico general.


       Hoy más que nunca, en esta sociedad donde no es algo tan infrecuente que, en lugar de lazos familiares, se pueda hablar de débiles telarañas, el cine de Ozu, con su admirable sentido ético hacia la familia, se alza cobrando una especial relevante necesidad.

3 comentarios:

  1. Obra mayor de Ozu, sin duda. Cuenta con uno de los finales más bellos de toda su filmografía. Qué grande y sabio era el maestro japonés. Tu blog me parece muy interesante. Creo que, efectivamente, tenemos gustos similares. Si quieres nos enlazamos el uno al otro.
    Un cordial saludo.

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  2. Pues ya te he enlazado, Ricardo. Me alegra que mi espacio sea de tu agrado y cualquier consejo que se te ocurra, para este bloguero primerizo, será bien recibido.
    Un saludo. Seguimos en contacto.

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  3. Creo que el único consejo que te puedo dar, es que seas siempre tú mismo. Mucha suerte!

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