viernes, 29 de julio de 2011

El sabor de las cerezas (Ta'm e guilass, 1997) - Abbas Kiarostami

Vacías e impersonales superproducciones infestan nuestro jardín cinematográfico con estériles flores de plástico. Sin embargo, y tras detenida observación, un día descubrimos con sorpresa que algunas semillas han logrado germinar en él: entre otros vegetales, podemos distinguir lo que parece un pequeño cerezo; un cerezo que tiene por nombre Abbas Kiarostami. Y llama poderosamente la atención esa casi total ausencia de recursos hídricos y minerales en que ha nacido, pues es más que encomiable la economía de medios con que se desenvuelve el director de A través de los olivos (Zire darakhatan zeyton, 1994), logrando, para colmo, obras maestras de la talla de la que hoy venimos a comentar. Por esta cualidad, y no solamente por ella a decir verdad, bien nos podría traer a la mente al turco Nuri Bilge Ceylan.

El sabor de las cerezas es un maravilloso canto a la vida que, como sacado de una película de Kieslowski, tiene por protagonista a un hombre en busca de otra persona que le ayude a suicidarse. La mirada que el emblemático cineasta iraní posa en sus personajes, en su mayoría interpretados por no-actores, es tan humana que dota a éstos de una pasmosa veracidad rara vez alcanzada en este arte. Magnífico ejemplo de esta naturalidad de la que hablamos es aquel soldado tímido que subirá al coche en los inicios del filme. En cuanto al desierto en el que se desarrolla todo el metraje, igualmente merecería ser considerado como otro personaje. Y es que este paisaje polvoriento, aunque austeramente mostrado, ejerce una notable influencia en el espectador; si bien es algo que en gran medida viene ayudado por la pista de sonidos naturales con que las imágenes logran una agraciada simbiosis.


       Cuando lo que a una persona arraigaba a la vida, fuere lo que fuere, parece haberse descompuesto; cuando aquélla ya vislumbra el fin de sus días y se dirige a él vacilante; algunos, en el camino, descubren algo que todo ese tiempo les había pasado desapercibido, oculto, algo que va creciendo en su interior hasta alcanzar un tamaño y valor inconmensurable. De esa esperanza trata esta película que merecidamente ganó la Palma de Oro en Cannes y que, junto a otras como la genial Primer Plano (Nema-ye Nazdik, 1990), revelan a Abbas Kiarostami como a uno de los más grandes autores de nuestro tiempo.


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