martes, 23 de agosto de 2011

Adiós, muchachos (Au revoir les enfants, 1987) - Louis Malle

       "Cada vez iré sintiendo menos y recordando más”, decía Cortázar. Tal máxima quizás explique por qué, de entre todas las etapas que hemos vivido, siempre tengamos cierta especial insistencia a la hora de rememorar nuestros días tempranos. Bien pudieron ser aquéllos felices o bien pudieron no serlo, pero la nostalgia ahí persiste, inherente como el canto del gallo a la mañana. Adiós muchachos, una de las obras más conocidas de Louis Malle, relata un episodio autobiográfico del realizador en el que, a sus doce años y durante la ocupación nazi de Francia, entablaría amistad con un niño judío refugiado en el internado en que estudiaba.

       Es muy posible que la Segunda Guerra Mundial sea uno de los temas más explotados en la, todavía breve, historia del cine. En parte, fácilmente explicable es, pues ya sabemos que no existe otro acontecimiento en dicho período histórico de una magnitud y trascendencia siquiera comparable a la de aquél. Esta película hará no obstante un uso particularmente minimalista del conflicto bélico por antonomasia; y es que, al igual que hizo el impúber Malle, asistimos a los hechos desde una perspectiva inocente, sin apenas una idea clara de lo que realmente ocurre a nuestro alrededor. Palpable es además que, exceptuando al desenlace, el argumento carece casi por completo de acontecimientos extraordinarios; es el sincero día a día lo que se nos muestra y, ciertamente, nada más será necesario aquí para que la obra funcione.


       Se trata ésta de una bonita y conmovedora historia del despertar de la adolescencia, la amistad y el sentimiento de culpa, ya fuere éste racional o infundado, a la vez que una representación teatral exenta de odiosos manierismos y en la que los actores se deslizan calmos por el escenario ante la tragedia del más oscuro de los decorados.

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