lunes, 29 de agosto de 2011

La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, 1991) - Krzysztof Kieslowski

       Un pequeño infante, jugando, se coloca un vidrio curvo ante los ojos. Súbita e inesperadamente, es testigo de cómo el mundo visible se deshace, sin previo aviso, de las leyes a las que tan estrictamente parecía sometido. A través de la misma perspectiva será como el espectador presenciará la vida en esta deliciosa obra, quizás la mayor, del realizador polaco Krzysztof Kieslowski. Y será de esta forma porque el director de la aclamada Trilogía de los colores da una cabida material a los más intrínsecos y misteriosos sentimientos del ser humano, aquellos para los que no encontramos explicación y que, sin embargo, sazonando nuestro día a día logran influir con vehemente intensidad en nuestro ánimo. Sentimientos como el que tienen las protagonistas, es decir, el de que de alguna manera “no están solas en el mundo”. Aquí, lo irracional se materializa cuando Weronika verá por casualidad a una especie de doble suyo subiendo a un autobús en Cracovia. La narración comienza con la primera trasladándose, más tarde, a Francia con la segunda, llamada Véronique.


       El director que hoy tratamos, una de las más altas cumbres del intimismo en el cine, demuestra una increíble habilidad para transmitir las emociones y pensamientos de sus personajes. Pero es tanta la delicadeza con la que los expone que, a primeras, éstos pueden pasar fácilmente desapercibidos. Una extraña sonrisa o una mirada repentina traerán consigo todo un cargamento de significados ocultos tras una falsa cortina de banalidad.


       La banda sonora del genial Zbigniew Preisner y los inusuales colores de la fotografía, a menudo ornamentada con cristales o espejos, regalan un suave y singular clima a La doble vida de Verónica. Mención especial requiere el encanto sin parangón de Irène Jacob, actriz hermosa como pocas, encarnando a las dos “Verónicas”. Si se piensa un poco, no es algo nada raro de ver que la sensibilidad, la inocencia o a veces incluso la espontaneidad sean consideradas cualidades algo negativas de la personalidad, perjudiciales en cierto aspecto; firmemente se abogó por el espíritu fortificado e inflexible. Empero, siempre estará la obra de Kieslowski para recordarnos que esas menospreciadas características se encuentran, de hecho, entre lo más bello que poseemos.

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