jueves, 11 de agosto de 2011

Misterios de Lisboa (Mistérios de Lisboa, 2010) - Raúl Ruiz

Cuenta Raúl Ruiz que de joven se vio un día por casualidad asistiendo a una proyección de Subida al cielo (1952) de Luis Buñuel. Cuenta también que le llamó fuertemente la atención el extraño aura de anormalidad que desprendía esta obra y que, fascinado, se preguntó si también él sería capaz de realizar algo parecido. Esta afinidad artística será bien palpable en Misterios de Lisboa, cuya laberíntica línea argumental, constituida profusamente de complicados flashbacks, nos puede recordar con facilidad a El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la burgeoisie, 1972) o más aún a la obra maestra polaca que el genio surrealista decía admirar, esto es El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rekopis znaleziony w Saragossie, 1965). De igual carácter reminiscente serán, asimismo, las desconcertantes pinceladas de irracionalidad que pueden encontrarse desperdigadas por sus cuatro horas y media de metraje.
                                                                                      
Mastodóntico y embelesador, singular y refulgente, barroco e hipnótico, el último trabajo del veterano director chileno es, a todas luces, una caprichosa rara avis a la cual su dueño mimaría con especial aprecio de entre toda su jaula de especímenes. Adaptación de una novela romántica del siglo XIX, la película toma como punto de partida a un huérfano que no conoce su nombre ni procedencia. Ocurre sin embargo que, pronto, tal supuesto protagonista será abandonado para que la narración se vea inmersa en una inextricable maraña de personajes e historias paralelas cuya conexión a veces podríamos cuestionar. Ahora bien, esta llamada inconexión no puede llegar, en ningún caso, a convertirse en defecto, pues precisamente estamos hablando de una de aquellas cualidades que dotan a la obra de la hermosa y excéntrica personalidad que destila a los cuatro vientos.


Con la fotografía a cargo de André Szankowski, de una marcada y ostentosa opulencia, se tiene la impresión de estar presenciando, más que fotogramas, una exposición de arte pictórico en movimiento. Al otro extremo se llevará aquello por lo que optaba el asiduo colaborador de Ingmar Bergman, el gran director de fotografía sueco Sven Nykvist. Donde éste se bastaba con un acertado juego de luces y la perfecta composición de dos rostros cercanos, aquí Szankowski y Ruiz despliegan toda una galería cromática con impresionantes paisajes, lujosas vestimentas y texturas que se ven agraciadas por el uso de la alta definición en el rodaje.


Otra elección de su puesta en escena es, además, el continuo uso de largos planos-secuencia que irán aumentando la sensación de temporalidad que genera esta joya del siglo XXI. Joya que, como bien han señalado por ahí, es la sublimación de la arquetípica telenovela de sobremesa.

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