sábado, 24 de septiembre de 2011

Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957) - Akira Kurosawa

       Durante una tormenta, dos guerreros perdidos en el bosque se topan con el espíritu de una anciana. Ésta les revelará que, en el futuro, uno de ellos pasará a ser señor del castillo. Dicho suceso, junto a una manipuladora esposa hambrienta de poder, llevarán a nuestro antihéroe a la traición, al derramamiento de sangre y a la inevitable autodestrucción.

       Para esta majestuosa adaptación de la tragedia de Macbeth, Akira Kurosawa despliega todo su potencial artesanal produciendo una de sus joyas de más fino tallado. El perfeccionismo del pulido, la profusión y maestría detallista, serán bien patentes en cada plano, o cara, de esta piedra preciosa asumiendo la tarea de obnubilar sin descanso al espectador. Se trata la de “El emperador” de una puesta en escena cuyo principal efecto es el de engrandecer toda acción, cargar a ésta de una sobrecogedora solemnidad e importancia que más tarde influenciaría, de una forma u otra, a destacados autores como Sergio Leone o Quentin Tarantino. Muy posiblemente, sea aquella misma intención magnificadora el motivo de que, en ocasiones, las actuaciones resulten algo excesivas en su expresividad; sin embargo, tal característica no impide que se logren excelentes interpretaciones como la de su actor fetiche por excelencia, el gran Toshirô Mifune.


       Un mismo acto captado de dos formas diferentes nos da una ejemplar idea de la habilidad del nipón para generar diversos estados anímicos. En primer lugar, el protagonista corre hacia la cámara y ésta, temerosa, retrocederá a su paso en un gesto reverencial, respetuoso. Más tarde, cuando el mismo personaje, en su castillo, ya ha mancillado su honor y tras pedir consejo a sus inferiores no obtiene palabra por respuesta, volverá a correr, pero esta vez la cámara avanzará hasta casi colisionar de frente contra él, dejando fuera del plano al resto de los presentes; la sensación es ahora de agobio, de inquieta claustrofobia, de soledad ante un peligro inminente. Como esto, cabe puntuar que los fenómenos atmosféricos son otra pieza clave en su cine a la hora de producir determinados climas psicológicos; la lluvia, la niebla, el viento o la polvareda irán turnándose a lo largo del metraje en esta obra maestra sobre la fatalidad de la ambición que es Trono de sangre.


       El director de Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) demuestra ser, sin duda, uno de los mayores exponentes en lograr alcanzar una excelsa calidad sin dejar, al mismo tiempo, de atraer a audiencias de todo tipo. Es por ello que, desde este blog, lo recomendaremos a cualquier persona con la misma esperanza de éxito sean cual sean sus afinidades.

4 comentarios:

  1. Impresionante película del maestro. Bajo mi punta de vista, uno de sus tres mejores trabajos. La influencia del teatro Noh es fundamental en su puesta en escena, algo que se percibe en las interpretaciones y movimientos de los actores.
    Un saludo, tarkovskyano.

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  2. Que mas podria uno agragar a tu critica de esta obra maestra indiscutible del cine nipon, el final es sumamente delicioso, uno de los mejores de la historia, ¿Cuantas obras maestras habra filmado Akira? estoy seguro que ocupa el segundo lugar en ese rubro (y esque Hitchcock es el primero si o si) un saludo camarada cinefilo... que bueno tu blog.

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  3. Hola Ricardo.
    También para mí esta obra ocupa un lugar especial dentro de su filmografía. Aunque, una vez más, preciso de volver a disfrutar muchas de sus películas para tener una idea más clara, así como que aún no he visto otras tantas, "Los siete samuráis", "Yojimbo" y la película en cuestión bien podrían ser mis preferidas.
    Saludos, colega, un placer verte por aquí.

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  4. Buenas Dan.
    Comparto en gran medida lo que dices acerca del final, esa lluvia de flechas... tremendo. Me impactó enormemente la primera vez que la vi.
    Seguimos intercambiando opiniones, compañero bloguero. Un saludo.

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