sábado, 22 de octubre de 2011

Lejano (Uzak, 2002) - Nuri Bilge Ceylan

       Dirección, guión, producción, montaje, fotografía… De todo esto se encargó Nuri Bilge Ceylan a la hora de realizar su precioso largometraje Lejano. Así, y como en sus otras películas, el turco se bastó con un reducido personal de colaboradores (lo que le otorgaría una mayor libertad creativa e independencia), igual que se las apañó con un muy bajo presupuesto y exactamente de la misma manera que se valió de una trama casi insignificante. La que nos presenta a dos parientes; uno, fotógrafo, ha perdido toda la pasión que una vez tuvo por la vida y el arte, mientras que el otro dejará su pueblo para ir a hospedarse a Estambul con el primero y buscar trabajo. Pero es que toda esta tendencia minimalista a prescindir, surgida por un lado de la carencia de medios y por otro de una libre elección artística, acaba confluyendo, uniéndose en armonía como las aguas del Bósforo que tan gustosamente contemplamos en algunos de sus mejores momentos, para dar lugar a una obra sólida, sutil y concisa que no necesita nada más y que en el caso de tenerlo, sobraría.

       El responsable de Tres monos (Üç maymun, 2008) logra picos de elogiable suspensión hipnótica cuando, en una suerte de aleación, funde su poderío visual con una conseguida pista de sonidos ambientales. Es aquí, y en la utilización de ciertos planos, donde uno podría percibir aromas al cine de Andrei Tarkovsky, aquél a quien el fotógrafo protagonista solía rendir culto antes de enterrarlo junto con su propia vida. Este personaje, asqueado, aislado, desprecia a su pariente, no ama a nadie y, sobre todo, no se ama a sí mismo. Sus inquietudes de antaño quedaron sepultadas tras un fracaso emocional y ahora vive por una inercia automatizada. La otra cara de la moneda bien la podría representar su inquilino; inocente, desmañado y bondadoso, aunque a fin de cuentas igual de solitario y extraviado.


       A destacar es el trabajo de los dos actores que los encarnan, y más aún cuando se tiene en cuenta el hecho de que eran amateur. Tristemente, el más joven de ellos moriría en un accidente de coche poco después de completarse el filme y sin saber que, junto a su compañero, había ganado el Premio al mejor actor en Cannes.


       Esta película, cuyos parajes nevados y su amarga atmósfera de desamparo permanecerán sin duda grabados en el recuerdo de un servidor, es, junto al resto de la filmografía de su autor, una prueba fehaciente, una esperanza, de que en la actualidad se puede hacer buen cine, o al menos un tipo de éste, que sobrepase las odiosas barreras impuestas por el problema de su financiación.

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