domingo, 24 de junio de 2012

El silencio (Tystnaden, 1963) - Ingmar Bergman

       Comenzaban los años sesenta cuando Ingmar Bergman se hallaba nadando a través de las cenagosas aguas de una de sus grandes crisis. Preso de una evidente frustración y con obras maestras de la talla de Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) a sus espaldas, renegó decididamente de todo cuanto había rodado hasta ese entonces. Bien cierto es que el maestro sueco era muy dado a este tipo de reacciones destructivas hacia sus propias películas, llegando al extremo de denostarlas en críticas bajo seudónimo; pero fue justo de este modo, gracias a esa despiadada autoobservación si así quiere verse, como una línea divisoria fue trazada en su filmografía naciendo a partir de ella una de sus más interesantes etapas. Ésta, caracterizada por una mayor precisión formal, tramas argumentales de menores dimensiones y finales algo bruscos sin llegar a lo Antonioni, se abrió paso con tres películas, posteriormente consideradas como tríptico, de las que El silencio ocuparía el puesto tercero por cronología. El filme, que fácilmente se podría etiquetar como el más sexual de su realizador y que, como es de imaginar, sufrió censuras en numerosos países, nos presenta a un niño, a su madre y a su tía, quienes, por la enfermedad de esta última, se ven obligados a detener un viaje y quedarse unos días en un país desconocido.


       La insoportable tensión reinante entre ambos personajes femeninos, un sublime blanco y negro del titán de la fotografía Sven Nykvist, aquella encantadora naturalidad de los paseos del niño que, en una inocente mescolanza de curiosidad y acuciante necesidad de evadirse, vaga y vaga por los pasillos del hotel, y sí, el hotel, sobre todo ese lúgubre y desierto hotel que parece estar solamente habitado por un anciano mayordomo y un grupo de enanos circenses españoles, todo esto, como decía, se encuentra dando forma a los extraños adornos del péndulo oscilante con el que Bergman consigue inducirnos en uno de los más genuinos estados de ensueño fílmico que ha ofrecido el séptimo arte.


      La destreza a la hora de abrirse paso por los arduos territorios de las inseguridades, dudas y tormentos hostigando el alma humana es marca de la casa y, para ello, el cineasta dramaturgo se vale de las siempre geniales y algo teatrales actuaciones de, en este caso, Ingrid Thulin y Gunnel Lindblom. Mientras que la primera da vida a una traductora sexualmente frustrada, la segunda interpretará a una madre entregada de forma vehemente a las pasiones carnales, proporcionando así las dos caras antagónicas de la moneda, a la vez que se augura, de alguna forma, la dualidad que nos traería la posterior Persona (1966). En cuanto a los diálogos bergmanianos, ahí los tenemos, maravillosamente sutiles y afilados en los duelos de estos seres heridos. Sin embargo, y como en ninguno de sus otros trabajos, dichos diálogos serán más que escasos, los podríamos enumerar incluso, porque, apenas interrumpido por las palabras de un idioma eslavo inventado y la aparición de las Variaciones Goldberg, aquí, el silencio lo engulle todo.

6 comentarios:

  1. Una maravilla, a mi es la que más me gusta del famoso triptico junto a Como un espejo y los comulgantes. La tengo reseñada en mi blog desde hace unos meses. Aunque no sea de los trabajos que mas me gustan de Bergman, un Bergman que exige al espectador pasar por sus encriptados caminos.

    Saludos
    Roy

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    1. A mí con Bergman me cuesta muchísimo decidirme qué película me gusta más o menos, no en vano es el más prolífico en obras maestras de mis directores predilectos. De todas formas, me parece que el genio sueco estaba en su mejor época con esta trilogía y "Persona".
      Me acabo de pasar por tu reseña. Un saludo, compañero.

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  2. Una gran película, aunque me parece ligeramente inferior tanto a "Como en un espejo" como, sobre todo, a "Los comulgantes". Algunas de las escenas que transcurren en el hotel las habría firmado el mismísimo Buñuel. Felicidades por la reseña, amigo.

    Un abrazo.

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    1. Muy acertada la comparación que haces. Ese clima de enrarecimiento del que hace gala "El silencio" bien podría llevar la influencia de Buñuel, director a quien Bergman, por cierto, apreciaba mucho.
      Un abrazo, colega. Siempre un placer.

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  3. A mí me pareció una película excelente... e irrespirable. La tensión que existe entre la pareja protagonista se ve ampliada por la existencia de un niño "ahí en medio". Falta oxígeno en todas las escenas y un exceso de pasión en todas ellas.

    Saludos :D

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    1. Comparto lo dicho, grupo. Y en cuanto al niño, sin duda se trata de uno de los grandes pilares sosteniendo a la película. Qué sería de ésta sin él.
      Me alegra verte (o veros) por aquí. Un saludo ;)

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