viernes, 21 de junio de 2013

La dolce vita (1960) - Federico Fellini

       El vórtice es insaciable, su implacable atracción no atiende a ruegos, como el canto de las sirenas, como el vicio. Hablamos de aquel remolino que forman las aguas del éxito, ya fuere económico, laboral, amoroso, o todo unido en un mismo flujo, como ocurre en este caso, ese éxito en concreto para cuya obtención se torna indispensable la mentira, la infidelidad a nuestras creencias y valores morales, a nuestro mismo ser. Porque eran éstas las corrientes en las que Fellini sumía a Marcello Rubini, su mujeriego y afamado reportero de la prensa del corazón, quien, a pesar de acabar sucumbiendo una y otra vez a las efímeras recompensas de "La dolce vita", no cree en su profesión. Confuso y asqueado en ocasiones, divertido en otras, pero siempre entregado a sus impulsos, lo vemos vagar por un abanico de significativos y singulares escenarios, mientras ahí, en un rincón, parcialmente sepultada bajo los escombros de esta vida de glamour y excesos, observamos yaciendo la fuente de la disyuntiva, esto es, sus aspiraciones a convertirse en escritor, fantasmas de inquietudes casi olvidadas que vuelven ahora a susurrarle al oído que quizás se esté equivocando, que quizás esto que sucede ante él no sea su verdadera vida después de todo.


       Esos blancos y negros de los que hace gala la fotografía, a menudo tan contrastada, no permean al tratamiento moral del filme, pues si bien la mirada del maestro italiano hacia sus personajes, y hacia la sociedad en general representada, ansía el cuestionamiento del público, también es cierto que se posa en ellos con una cándida ternura cargada de comprensión, demostrando su habilidad circense en aquel juego de los grises, moviéndose sólo entre ellos. Un ejemplo perfecto lo tenemos en la secuencia dedicada al padre del protagonista, que se halla de visita en Roma y que acabará, borracho y ante su desorientado hijo, yéndose con la bailarina de un cabaret a su apartamento. No mucho antes le aconsejaba a éste que el matrimonio era algo sagrado, que tuviera cuidado si esa mujer que cogía el teléfono vivía con él, pero donde otra mano hubiera podido enfatizar dicha hipocresía, aquí la presenta más bien como una debilidad, como algo humano. En un último momento se verá indispuesto, y cuando Marcello acuda a recogerlo hablará sentado hacia la ventana, avergonzado, prácticamente dándole la espalda, para luego marcharse a toda prisa en un taxi. Ante todo, y ayudando de esta forma a empatizar con el espectador, podemos decir que el alma de estos sujetos está desprotegida, totalmente expuesta en su amplia gama de matices.


       También a empatizar ayuda, aquí en el rol protagónico, la actuación del siempre encantador Marcello Mastroianni, a pesar de las ambiguas intenciones de su personaje, quien, viviendo con su pareja, aprovecha cualquier momento para un nuevo flirteo. El doble fondo que tras de sí guarda esta relación amorosa posee la hondura propia de aquellas a las que nos tienen acostumbrados los Antonioni o los Fassbinder. Mientras que ella profesa una devoción absoluta, desesperada, hacia él, algo, posiblemente el miedo a entregarse, hace que los sentimientos en sentido opuesto sean, en ciertos momentos, más cercanos a la repulsión, el rechazo y el desprecio.

       Y es que es un juego de niños establecer nexos entre el director de Los inútiles (I vitelloni, 1953) y los autores italianos contemporáneos a él. Tanto el Visconti de Noches blancas (Le notti bianche, 1957) como el citado Michelangelo Antonioni de principios de los años sesenta, aún con propuestas formales muy diferentes, guardan cierto espíritu en común con el filme en cuestión. Pero es con los tres largometrajes a veces considerados trilogía del segundo director mencionado, hablo de La aventura (L'avventura, 1960), de La noche (La notte, 1961) y de El eclipse (L'eclisse, 1962), que la analogía se revela evidente. Por un lado están esas secuencias, esas viñetas, que no aportan nada al desarrollo de la historia, sino a otros mecanismos más silenciosos, a problemáticas aparentemente aisladas del resto de los hechos, al interior del individuo, a la atmósfera que se extiende de ahí al resto de las escenas. Y luego, sí, los finales, y no hago referencia a que la narración simplemente se detenga, sin conclusión, no me refiero a esa cualidad en concreto, sino al misterio que los embarga, justo como sucede aquí, con ese extraño monstruo marino arrastrado a la orilla de la playa, lugar tan adorado por el director.


       "Quiero retirarme. Me parece que... [...] Pero cuantos más se retiran más aparecen. Se retiran dos y aparecen diez. En 1965 será la perversión total. Verás que desagradable." Así bromeaba sobre el futuro un bailarín travestido después de una larga noche de juerga. Sea como fuere, es innegable que esta película ganadora de la Palma de Oro y en cuyo guión participó, entre otros, Pier Paolo Pasolini, se hace más joven, más actual, cada día que pasa. Perfectamente reflejada puede verse la juventud de hoy día, desde la más temprana adolescencia a un sector de la población ya no tan calificable como joven, en la continua fiesta y en el desfase alcanzado en alguna de las noches por esta selecta farándula que, con hercúleo esfuerzo, trata y trata de abrirse paso entre las manadas de paparazzi; un término que, por cierto, procede de esta película.

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