sábado, 15 de junio de 2013

Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949) - Robert Hamer

       Elegante, ardiente de ambición vengativa, ingenioso, completamente exento de remordimientos, el hijo de una noble que fue repudiada por su familia narra desde una celda cómo acabó con los ocho familiares que se interponían entre él y su codiciado título de duque. Son ocho parientes de diferentes edades y sexos que, ya sea bajo la sangre fría del protagonista o sin la participación de éste, acabarán falleciendo de las más variopintas y divertidas formas, estableciendo, en tal proceso y en la mayoría de las ocasiones, una considerable amistad con el asesino. Ocurre, sin embargo, que el espectador está con él, con Louis Mazzini; en todo momento desea que éste lleve a cabo con éxito su sanguinaria empresa. Porque lo cierto es que Ocho sentencias de muerte no es sino de esa especie cinematográfica, uno de sus mejores ejemplares a decir verdad, que tan bien se adapta a los medios (ambientes) narrativos donde los juicios morales del espectador quedan eclipsados bajo la siempre dominante y absorbente silueta de la empatía inopinada. Es de este modo que se juega constantemente con el público, dándose escenas como en la que un párroco anciano da un discurso acerca de las cualidades arquitectónicas de su iglesia teniendo por interlocutor a su verdugo. Aquél habla lentamente, como si acabara de despertarse por la mañana, haciendo una pausa entre palabra y palabra y alargando las sílabas. De fondo, todo está en silencio, ni siquiera oímos sus pisadas. Por su parte, el oyente, que eligió asesinarlo primero, precisamente, por sus soporíferos monólogos, se lleva una mano a la boca bostezando. Así, uno puede ser un entusiasta de la arquitectura o, asimismo, el más sensible beato que lo que en ese momento ansía es que acabe de una vez por todas con el cura.


       El guión, adaptado de una novela por el mismo director, Robert Hamer, junto a John Dighton, presenta un maravilloso humor que mezcla lo negro con lo absurdo. No obstante, dicho humor es refinado, se suministra de forma comedida, dentro de los marcos que el estilo proporciona y no sacrificando, de esa forma, ni al mismo estilo ni a su clásica estructura narrativa, como sí que harían posteriores comedias como las, también inglesas, alocadas obras de los Monty Python. Tanto su ritmo, trepidante en determinados tramos, como la fotografía, a cargo del futuro cinematógrafo de Indiana Jones, o, igualmente, los inteligentes diálogos, son las cualidades a destacar que, principalmente, caracterizan a esa forma de la que hablamos.


       Separado del resto, en una estancia única y exclusiva sostenida por los pilares de su propia singularidad, habríamos de situar al genialmente camaleónico Alec Guinness, que da vida a las ocho víctimas, en su totalidad, de nuestro antihéroe. Pues lo hace de forma excepcional, rodeado en todos los casos de un peculiar magnetismo que se añade al sutil clima de irracionalidad imperante en esta sátira desvergonzada, sátira que nos habla acerca de la corrupción moral y del vacío al que, irremisible, nos condenan los inexorables tribunales de la ambición.

2 comentarios:

  1. Estupendo texto. Caramba, que coincidencia!!! Abrazo. Roy

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    Respuestas
    1. Será que tenemos gustos similares. Además, creo que hemos visto lo mismo en varios aspectos de la película.
      Un abrazo.

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