martes, 30 de julio de 2013

Sátántangó (1994) - Béla Tarr

       "Devastadora, cautivadora en cada minuto de sus siete horas. Estaría encantada de verla todos los años por el resto de mi vida." - Susan Sontag.

       "Una mañana de octubre, antes de las primeras gotas del largo y lluvioso otoño que transforman todo en un pantano, que cortan la ciudad cayendo ferozmente sobre el suelo seco, Futaki fue despertado por el sonido de las campanas. La solitaria capilla, a ocho kilómetros de distancia, no tenía campana y su torre había sido destruida en la guerra. El pueblo estaba demasiado lejos, sus sonidos no llegaban aquí."

       Uno puede, ya muerto, pagar con el óbolo a Caronte; también, como Heracles, tratar de reducir a Cerbero, pero nadie penetra en los abismos del inframundo sin antes haber franqueado ciertos obstáculos. Aún más si la intención resulta que no es otra que seguir descendiendo hasta el mismo tártaro y, ya allí, en lo más insondable, contemplar maravillado al titán fílmico Sátántangó. Pues un esfuerzo especial demandan tanto la demoledora duración de la obra, como la de esos planos que la conforman, cuya plasticidad y tempo suspendido parecen tomar el relevo de Dreyer y Tarkovsky e ir algo más allá, cuyo ritmo repetitivo nos traería a la mente, por su parte, el minimalismo sacro de Pärt o Gorécki. Singular atención reclama al espectador, también, la sutileza con la que acostumbran a hablarnos las imágenes, cuando cualquier tipo de explicación es sustituida por un lentísimo travelling hacia la mirada perdida de una mujer sentada en una taberna, cuando el efecto queda, frecuentemente, huérfano de causa. No obstante, ocurre que, una vez superados, dichos impedimentos se tornan de hecho en los primeros responsables de que la inmersión en esta experiencia cinematográfica única sea, de algún modo, más intensa. Autores y espectadores acaban comulgando, acercándose, tras la participación activa de estos últimos.


       "No es que la vida humana sea tan altamente valorada. Mantener el orden parece ser el asunto de las autoridades. Pero es el asunto de todos. Orden. La libertad, sin embargo, no es humana. Es algo divino, para el cual... Nuestras vidas son muy cortas para saberlo correctamente. [...] Debemos creer en ambas cosas, las sufrimos. Orden y libertad. Pero la vida humana es significativa, rica, bella y muy sucia. Lo vincula todo. Pisotea la libertad, desechándola, como si fuese chatarra. A la gente no le agrada la libertad, la temen. Lo extraño es que no hay motivo para temerla. El orden, por otra parte, con frecuencia puede ser aterrador."

       A estas alturas de su filmografía, y seguramente influenciada por su constante colaboración con el escritor László Krasznahorkai, la visión de Béla Tarr ya había trascendido la crítica social de sus primeras películas, aun sin abandonarla del todo, avanzando en su sempiterna senda hacia terrenos cada vez más profundos. Empero, como Brueghel, para ello el húngaro dirige su mirada hacia las piezas en apariencia más pequeñas del tablero. Al hablarnos de los grandes y destructivos planes de Irimiás, especie de Übermensch reminiscente al Príncipe de Armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000), se centrará en los habitantes de una pequeña y decadente granja con los que se relaciona; dentro de este ya grupo de excluidos sociales, habrá episodios que tengan sólo a los más marginados entre ellos como protagonistas; y, finalmente, durante alguna conversación, sucederá que la cámara se desplace, dejando fuera de cuadro a los que dialogan, hasta mostrar únicamente la lluvia a través de la ventana, una lluvia interminable que bien podría ser la más hermosa que ha dado el cine y que sólo se nos ocurriría equiparar, quizás, a aquella que caía sobre el henal ardiendo en El espejo (Zerkalo, 1975).


       "En el Este, el cielo se despeja rápido como los recuerdos. Hacia el amanecer, lo rojo cubre el agitado horizonte. Como el mendigo de la mañana, que penosamente camina hacia la iglesia, el sol se eleva para dar vida a la sombra y para apartar cielo y tierra, hombre y bestia, de la inquietante y confusa unidad en la que de manera inextricable se han entrelazado. Él vio la noche huir hacia el otro lado. Sus elementos aterradores se sumergen sucesivamente en el horizonte occidental como un desesperado, confuso y vencido ejército."

       Allá en el verano de 1983, cuando presentaba Nostalgia (Nostalghia, 1983) en el Décimo Telluride Film Festival, Andrei Tarkovsky conoció al director de cine experimental Stan Brakhage, gran admirador de su obra. Pocos días después, tuvieron un reencuentro en el que vieron varios de los trabajos de éste. De los múltiples defectos que figuraron en ese incesante vapuleo que el ruso dirigió contra todo cuanto se proyectó aquel día, uno fue la proposición de que el cine es un arte colaborativo. Nadie sabe qué hubiera opinado sobre Tarr si hubiera vivido lo suficiente para conocerlo, pero lo cierto es que en cuanto a obra de arte como conjunción de diferentes espíritus creativos, no se nos ocurre mejor ejemplo que el del responsable de La condena (Kárhozat, 1988). Ya sólo con nombrar al antes traído a colación Krasznahorkai, novelista cuya obra, tremendamente honda y poética, sólo ahora comienza a traducirse en castellano, únicamente considerando a éste, hablamos de una unión entre director y escritor como ninguna otra, superando al tándem Carné-Prévert, al de Resnais con Alain Robbe-Grillet o con Duras. Luego está, por supuesto, Mihály Vig, aquí actor protagonista, compositor de la banda sonora y encargado de una delicada manufactura del sonido cuyas atmósferas, entre graznidos, traqueteos, campanadas o gotas de lluvia nos recuerdan fácilmente a aquéllas de Bresson o Franco Piavoli. Y siguiendo así con el resto de participantes, tenemos el fantasmal blanco y negro de Gábor Medvigy por un lado, a la editora y mujer del director, Ágnes Hranitzky, por otro, y finalmente a los actores, los cuales, sin ser profesionales muchos de ellos, nos sorprenden con honestas y conmovedoras interpretaciones. Porque, ¿quién sería capaz de describir la desgarradora y bellísima sinceridad que nos transmiten esas angulosas facciones de Erika Bók?


       "La amenaza real está bajo el suelo. De repente, asustado por el silencio, no se mueve, se agacha en un rincón donde se siente seguro. Masticar se convierte en dolor; tragar, angustia. Luego todo es más lento y finalmente viene lo más terrible: la paralización. Sin salida. ¿Quién puede entenderlo? Podría vivir hasta el fin de los tiempos, pero tengo que descender hasta ese infierno de fango oscuro."

       A pesar del humor, que ciertamente parece provenir de un Kaurismäki hundido en un estanque pútrido, lo que presenciamos es, en primer lugar, degradación. La corrosión del alma que nos destierra a una vida sólo sostenida por la inercia y con el hastío como única y verdadera compañía. Un hastío que anhela, sin atreverse, el cambio, y cuya eterna inconformidad parece no permitir amar el presente. Sin embargo, la cámara sí que se diría que ama a estos personajes. Si bien los capta orinando y en situaciones de semejante cercanía, también los ensalza en majestuosos planos deteniéndose por ratos prolongados en sus rostros, deteniéndose y haciéndonos llegar, así, los susurros de sus emociones. Pero ocurre que no sólo sus habitantes parecen arruinados, todo el universo atemporal de Béla Tarr lo está. Las casas han comenzado a derruirse, se filtra por doquier la inclemente lluvia, la herrumbre se come las superficies, el suelo es lodo. Y lo verdaderamente extraño es que estas ruinas, esta degradación siempre envuelta en una misteriosa magia, acaba resultando enormemente bella para el que ve Sátántangó u otros filmes del director, tanto que, una vez lo ha hecho, los ojos con los que observa su día a día dejan de ser los mismos.

8 comentarios:

  1. Existen unas 6 o 7 peliculas que son cumbre en el arte cinematográfico, lo mejor, lo mas depurado, la crema y nata, entre ellas definitivamente esta Sátántángo.
    Gran comentario, amigo.

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    Respuestas
    1. Totalmente de acuerdo. A mí me parece que voy a seguir el ejemplo de la cita con la que abro la reseña y voy a verla una vez al año, como poco :)
      Por cierto, ¿qué tal van esos estudios de cine?

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    2. Así lo hago yo desde aquel 2011 maravilloso que conocí a Tarr y a Sátántángo gracias a tu Blog...
      Los estudios, este lunes tengo mi examen de admisión son bastante difíciles pero daré lo mejor de mi. Ahora mismo trabajo grabando comerciales y pequeños cortometrajes.
      Saludos, amigo.

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    3. Pues mis felicitaciones por lograr dedicarte a esto que tanto nos gusta y suerte con ese examen.
      Un saludo, colega ;)

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  2. Acabo de verla... Y mientras la veía, pasaban y pasaban las horas sin que fuera una molestia, incluso, rogando que la experiencia se prolongara más y más. Poesía, en imagenes y en palabras y en sonidos (La lluvia, los pasos en el fango, los cigarros, la musica, los quejidos, todo). Los más hermosos planos que he visto; en vano he tratado de recordar con que otra pelicula comparar este monumento, esta escuela de cine por sí misma. Lars Von Trier define las buenas peliculas como aquellas que te produnen algun dolor, que son como pidras en el zapato: En Satantango todo duele, sus personajes, su musica, sus imagenes, sus largos planos, la incertidumbre, la sempieterna lluvia...

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